Presencias que merecen ser recordadas: ¿Quién fue Néstor "Chango" Páez?

Vivió en barrio La Milka, fue secuestrado en su hogar el 12 de mayo 1976. Recordado por sus amigos por su solidaridad

LOCALES24/03/2025Pérez NataliaPérez Natalia
chango páez

El 24 de Marzo es un día pensado como una oportunidad para reflexionar y analizar sobre hechos que no deben repetirse.  El profesor de literatura Alejandro Portelli dijo: "la memoria no es un depósito pasivo de hechos,
sino un activo proceso de creación de significados". Y el ejercicio de activar la memoria se puede hacer de distintas formas, no solo en libros y en las aulas, si no  a través del arte y la comunidad que nace en los barrios. 

Justamente inspirados en esto  un grupo de jóvenes de barrio La Milka creó un nuevo punto de la memoria en el mapa de la memoria local, rememorando la presencia de  Néstor Charmídez Páez. Los muralistas Noelia Naz y Fabían Zaccarías donaron su tiempo y trabajo creando un mural para recordarlo. Más conocido como Chango,  vivió en el barrio y fue secuestrado de su casa en la Calle Antártida Argentina el 12 de mayo de 1976. 

En el libro Ausencias Presentes, sus autorasSusana Crosetto, María Depetris y Mirta Gallegos;  reúnen los rostros de desaparecidos y asesinados que alguna vez caminaron las calles de San Francisco. El libros es un trabajo de investigación declarado de interés institucional por el Archivo Nacional de la Memoria, y allí se encuetran los testimonios de familiares y amigos del Chango Páez

FRAGMENTO DEL LIBRO

Nació en Frías, Santiago del Estero, el 8 de diciembre de 1937, hijo de Brígida Páez.

Testimonio de su esposa, Herminda

“Yo lo conocí en el campo cerca de Estación Frontera. Éramos vecinos y venía a mi casa. Me junté con él y tuve la hija mayor; se casó conmigo para no hacer el servicio militar. Yo tenía diecisiete años, y él, diecinueve. Tenía dieciséis años cuando vino aquí. Estaba con la madre, su padrastro y una hermana. Vivían en un cortadero de ladrillos, en un ranchito en Frontera. La madre murió en 1987.

Yo me iba caminando todos los días a mi trabajo, era empleada doméstica, y él me veía pasar; a mí no me gustaba. Era morocho, de ojos verdes. En ese tiempo, empezó a trabajar de albañil con mi hermano. Tocaba el bombo en un conjunto folclórico llamado Antigales, junto con los Ferreyra y Medina. Ensayaban en casa, que era la casa de todos. Con el conjunto salía mucho, por lo tanto estaba siempre de fiesta, pero él me decía que a mí nunca me iba a dejar porque una mujer como yo no iba a encontrar. Yo tampoco encontré otro hombre como él. Para mí era muy bueno.

La gente lo quería muchísimo, lo llamaban Chango y lo saludaban: “¡Chau, Chango!” Era simpático, chistoso, siempre andaba riéndose, vivía contento, contaba cuentos. Cuando vivíamos en La Milka, yo hacía pan al horno y como él no quería, ponía una chiva arriba del horno; lo hacía jugando, era terrible.

Sus amigos eran el Negro Ledesma, el Amarillo Roberto; venían a visitarnos también Néstor y su señora Elsa, Enrique y Pucho. Discutíamos mucho por política; militaba en el PRT y yo no quería, tenía mal presentimiento. Quince días antes de su desaparición, nos hicieron un allanamiento. Él a veces no venía y eso me preocupaba, yo sabía que lo iban a llevar, creía que lo iban a levantar en la calle, me sentía mal. 

Esa noche que lo vinieron a buscar, el 12 de mayo de 1976, estaba en la casa mi hija más chica, Margarita, y mi nieta Claudia. Unas horas antes vino un amigo de él a decirnos que había visto pasar un jeep del ejército; más tarde regresaron, golpearon muy fuerte y nos tiraron la puerta. Eran muchos, tenían anteojos grandes. Se fueron a la pieza, le dijeron a mi marido: “Vístase”. A mí me tenían boca abajo y me apuntaban, y mi marido decía: “¡Por favor, por favor, no tiren que aquí hay criaturas! ”Nosotros no teníamos heladera; yo había colgado un jarrito con una bolsita, donde había leche para las niñas, para que no se cortara, y ellos la miraban y mi marido les dijo: “Esa es la heladera de los pobres”. Les decía cosas, les hacía señas que a mí no me gustaban. El negro Ledesma, que era vecino, al día siguiente me contó que estaba lleno de militares el barrio. En la pared de la casa había pintadas, estaba escrito “Traidor” y “ERP”.

Al día siguiente fui a la policía. Me preguntaban quiénes eran los amigos de mi marido y me decían: “Así nosotros podemos buscarlo”. Yo no les dije nada, no entregué a nadie. Nunca más supimos de él, yo sabía que no iba a volver.

Quedé sola con las chicas. Me fui a vivir a una pieza. Había un pasillo largo y una noche, cerca de las doce, vinieron a buscar a mi hija que tenía trece años. Como reconocí a un policía, lo enfrenté y le dije: “¡A mi hija no la llevan, yo me presento con ella mañana en la policía!”Como mi hija mayor, María Elena, vivía en Mendoza, a la mañana siguiente nos fuimos para allá, donde estuvimos trece años, viviendo de pensión en pensión. Con el tiempo, mis hijas compraron un terreno aquí y de a poco hicieron la casa. Yo no quería volver, porque tenía miedo”.

Su nieta Claudia

Tenía cuatro años en 1976. Lo llama “papá”. Nos cuenta que recuerda todo lo que pasó esa noche: “Tengo la imagen intacta, me acuerdo cuando nos subimos a la cama para ver a través del vidrio de la ventana. Lo llevaron desnudo. Yo lo veía y él me miraba a mí como diciéndome:“¡No llores!”

Siempre me acuerdo de sus ojos. Era muy cariñoso, lo respetaba muchísimo, para mí era mi papá. Me hacía limpiar; yo andaba con una gamucita limpiando todo antes de que él llegara.

Quedamos todas mujeres solas. Si él hubiese estado, nuestra familia hubiese sido distinta, sin tanto sufrimiento y necesidades.”

El Negro venía del Partico Comunista
Con algunos compañeros alquilamos una casa, cerca del Negro. En eso de proletarizarnos, participábamos en el centro vecinal; a veces trabajábamos con él en la construcción. En su casa siempre nos juntábamos; no tenía luz, leíamos y nos alumbrábamos con un candil.

Él era un compañero importante, era el que conseguía el local del Centro de Empleados de Comercio para hacer alguna charla. Tenía muy buena relación con Oscar Liwacki. Alfredo un compañero de militancia Ex preso político. 

Chango Páez:
Qué puedo decir de vos, Néstor Charmídez Páez, pero para los que te conocimos fuiste y serás el “Chango”.

Tuve la suerte de conocerte un día, cuando yo me había retirado del grupo folklórico “Los Romanceros”, y a través de un amigo mutuo se me habló para integrar el conjunto “Las voces del Antigal”, ya que les faltaba la primera voz. Contigo, Chango, estaban tu cuñado Carlos y José Medina.

Me quedaría corto si digo que fuiste una persona solidaria, siempre tendiendo una mano y con esa picardía campechana, ya que eres de origen santiagueño, y bombisto por demás. Me parece verte con tu bigotito y tu sonrisa que atrapaba al instante, una sonrisa que sólo los elegidos pueden mostrarla.

Siempre diste lo mejor de vos, brindando una mano a quien la necesitaba a pesar de que eras humilde y no tirabas manteca al techo.

Recuerdo cuando me enseñabas a tocar el bombo, y cuando me salía algo bien, decías: “Ahí una, la polvareda bajo el agua”. Ni qué decir de las actuaciones en las peñas y festivales, varias veces con los grandes, como cuando fuimos al Festival Paso del Salado o aquí en Bomberos, donde tu bonhomía hacía que el diálogo con los famosos fuera como si te conocieran de toda la vida.

Podría estar horas y horas hablando de vos, a pesar del corto tiempo transcurrido desde que te conocí. No me importaban tus ideas políticas y nunca diré, como dicen los avestruces, “algo habrá hecho”. Y si pudiera volver en el tiempo, conociendo tus actitudes, lo mismo te abrazaría y gritaría orgulloso: “¡Es mi amigo!”. Y a pesar de los fusiles de la intolerancia y de los que se creían dueños y amos del país, te diría, con toda la voz que Dios me dio:“¡Chau hermano: hasta la victoria siempre!”

Luis

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