
Preguntamos a la I.A. ¿Por qué tantos sanfrancisqueños se oponen a los cambios e innovaciones en la ciudad ?
Pérez Darío EduardoPasan los días y en San Francisco vuelve a repetirse la escena. Se inaugura un puente peatonal y antes de que seque la pintura ya hay quien dice: “Se va a caer con la primera lluvia”. Se presenta un sistema de transporte nuevo con vehículos eléctricos de tres ruedas y la frase inmediata es: “No doblan ni en la esquina”. Lo mismo pasó cuando hace casi 70 años se inauguron los primeros semáforos y los agoreros pronosticaban verdaderas tragedias por aquellas "máquinas siniestras", ni hablar de cuando se colocó el empedrado hace 100 años " se hunde en 3 o 4 años ".La novedad llega, y la queja ya estaba esperándola en la vereda. Preguntamos a la Inteligencia Artificial sobre que hay en la mente de los opositores automáticos , esta es la respuesta;
Motivos de oposición automática
1. El reflejo de la desconfianza
El puente es nuevo, pero el discurso es viejo. “Con la primera lluvia se lo lleva el río”, “Está mal calculado”. Los vehículos de tres ruedas ni siquiera terminaron la prueba de manejo y ya tienen sentencia: “Se dan vuelta solos”.
No se trata del puente ni de las ruedas. Se trata de un reflejo. Antes de probar, se condena. Antes de entender, se rechaza.
2. ¿Miedo, cinismo o costumbre?
Hay varias cosas jugando ahí adentro de la cabeza de quien critica apenas ve algo nuevo:
- Miedo a perder lo conocido: Lo de siempre, aunque funcione mal, da seguridad. Lo nuevo obliga a reaprender, y reaprender cansa. Es más fácil decir “esto no sirve” que admitir “esto me descoloca”.
- Cinismo como escudo: Si uno ya predice el fracaso, nunca queda como ingenuo. “Yo te dije” suena mejor que “me equivoqué”. Desconfiar de todo protege el ego.
- Costumbre de quejarse: En muchas ciudades la queja se volvió deporte local. Criticar es gratis, construir cuesta. Y el músculo de la crítica se entrena todos los días.
3. El costo de vivir a la defensiva
El problema no es quejarse. La crítica sana mejora proyectos. El problema es la queja automática, la que nace antes que el puente. Esa actitud mata la curiosidad.
Una ciudad que solo ve defectos termina sin ver posibilidades. El puente que “se va a caer” puede ser el que conecte dos barrios. El vehículo de tres ruedas que “se da vuelta” puede ser el que descongestione el centro. Pero si la primera reacción es el “no”, la segunda nunca llega.
Epílogo: ¿Y si probamos al revés?
Quizá el desafío no sea para los ingenieros del puente ni para los del transporte. Quizá sea para nosotros. ¿Y si la próxima vez que llegue algo nuevo nos aguantamos 30 segundos antes de dictar sentencia?
Mirar, preguntar, probar. Después sí, criticar con fundamentos.
Porque las ciudades no se caen por los puentes mal hechos. Se estancan por la costumbre de creer que todo lo nuevo está mal hecho antes de empezar. Foto; Gentileza Diario San Francisco.
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