La perfecta familia de clase media

SOCIALES 15 de octubre de 2017 Por
Preguntas que no son fáciles de contestar
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La perfecta familia de clase media 

     Son las diez y media de una mañana de sábado perfecta y somos, por el momento, la familia de clase media perfecta. Mi mujer llevó a nuestro hijo de seis años a su primera clase de música. Nuestro hijo de catorce años todavía no se levantó de la cama. El de cuatro, mira en una pantalla cómo seres pequeños y antropomórficos se arrojan desde lo alto de unos acantilados, en el otro cuarto. Yo estoy sentado en la cocina, leyendo el diario.

     Aaron Malachi, el de cuatro años, aparentemente aburrido por la masacre en dibujo animado y el considerable poder personal adquirido a través del control remoto, se introduce en mi espacio.

     -Tengo hambre –dice.

     -¿Quieres cereales?

     -No.

     -¿Quieres un yogur?

     -No.

     -¿Quieres un huevo duro?

     -No. ¿Puedo comer un helado?

     -No.

     Según tengo entendido, el helado puede ser mucho más nutritivo que los cereales procesados o los huevos inyectados con antibióticos pero, para mis valores culturales, no está bien tomar un helado un sábado a las diez y cuarenta y cinco de la mañana.

     Silencio. Unos cuatro segundos.

     -Papá, tenemos una larga vida por delante, ¿no?

     -Sí, tenemos una vida larguísima por delante, Aaron.

     -¿Yo y tú y mamá?

     -Eso es.

     -¿E Isaac?

     -Sí.

     -¿Y Ben?

     -Sí. Tú y yo y mamá e Isaac y Ben.

     -Tenemos una larga vida por delante. Hasta que toda la gente se muera.

     -¿Qué quieres decir con eso?

     Aaron se sienta sobre la mesa, con las piernas cruzadas como un Buda en el medio de mi diario.

     -¿Qué quieres decir con eso de “hasta que toda la gente se muera”, Aaron?

     -Tú dijiste que todo el mundo se muere. Cuando todo el mundo se muera, volverán los dinosaurios. Los hombres de las cavernas vivían en cavernas, cavernas de dinosaurios. Entonces, los dinosaurios volvieron y los desalojaron.

     Me doy cuenta de que para Aaron la vida ya es una economía limitada, un recurso con un principio y un fin. Se ve a sí mismo y a nosotros en algún lugar de esa trayectoria, una trayectoria que termina en incertidumbre y pérdida.

     Me veo frente a una decisión ética. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Tratar de darle un Dios, una salvación, la eternidad? ¿Debo darle alguna perorata como “tu cuerpo es sólo un caparazón y cuando mueras, estaremos todos juntos en espíritu para siempre”?

     ¿O debo dejarlo con su incertidumbre y su angustia porque creo que es real? ¿Debo tratar de convertirlo en un existencialista ansioso o debo tratar de hacerlo sentir mejor?

     No sé. Miro el diario. Mi equipo de fútbol perdió, como todos los últimos viernes. Alguien está enojado con alguien, pero no veo quiénes son, porque el pie de Aaron está en el camino. No sé, pero mi sensibilidad neurótica, adictiva de clase media me dice que este momento es muy importante, un momento en el cual se definen formas en que Aaron construirá su mundo. O tal vez mi sensibilidad neurótica, adictiva de clase media me hace creer eso. Si la vida y la muerte son una ilusión, ¿cómo voy a jugar con la forma en que alguien las entiende?

     En la mesa, Aaron juega con un soldadito; le levanta los brazos y lo hamaca sobre sus piernas. Entonces puedo ver quién se enojó con quién, pero ya no importa.

     No debo jugar con la forma en que Aaron entiende la vida y la muerte porque quiero que tenga un sentido sólido de la estructura, un sentido de la permanencia de las cosas. Es obvio lo bien que estuvieron conmigo las monjas y los curas. Era la agonía o el éxtasis. El cielo y el infierno no estaban conectados por un servicio de larga distancia. Uno estaba en el equipo de Dios o estaba en el horno, y el horno estaba caliente. No quiero que Aaron se queme, pero quiero que tenga una estructura fuerte. La neurótica, inconfesable angustia, puede venir más tarde.

     ¿Es posible? ¿Es posible tener la idea de que Dios, el espíritu, el karma, H, Y, Z, o algo es trascendente, sin traumatizar el presente de una persona, sin hacerla chocar contra aquello? ¿Podemos tener nuestra torta y además comerla, ontológicamente hablando? ¿O su frágil sensibilidad, su “aquí” se divide por semejante acto?

     Al percibir un ligero aumento de la agitación sobre la mesa, me doy cuenta de que Aaron está aburriéndose con su soldado. Con una actitud de drama que favorece el momento, carraspeo y empiezo con tono profesional:

     -Aaron, la muerte para algunas personas es...

     -Papá –me interrumpe Aaron-, ¿podríamos jugar algún videojuego? No es muy violento –explica gesticulando con las manos-. No es para matar. Los tipos sólo se caen.

     -Sí –digo con cierto alivio-, juguemos con los videojuegos. Pero primero tenemos que hacer algo.

     -¿Qué? –Aaron se detiene y se da vuelta ya cerca de la puerta.

     -Primero, tomemos un helado.

     Otro sábado perfecto para una familia perfecta. Por ahora.

 

Michael Murphy

Pérez Darío Eduardo

Técnico Superior en Periodismo, Comunicación Institucional y Medios. Director de FM Romántica 90.7

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